Estoy en el café Roma, este lugar donde ya todos se conocen, aunque sea de vista. Siempre nos llama la atención un hombre que, a eso de las diez de la mañana, en la esquina del fondo del café, se pide un whisky. Creemos, por la edad, que ya está jubilado y especulamos si esa costumbre de tomarse un trago fuerte en la mañana es la estela de un hábito marinero porque, acá en La Boca, todas las personas más viejas trabajaron de una forma o de otra en asuntos navales. También me lo encuentro siempre a Pablo, el agente inmobiliario que parece vivir aquí. A cualquier hora uno sabe que está en el café, aunque la oficina no está a más de cincuenta metros atravesando la calle. Es alto, morocho y buenmozo. Un descendiente de italiano mediterráneo una se puede imaginar. Las primeras veces que vinimos con la amiga arquitecta a ver la casa de la calle Lamadrid nos llamó la atención una serie de hombres guapos en los más diversos oficios. El de las chapas era el preferido de Mercedes. A mi me gustaba Pablo y a Valeria el kiosquero. Una ventaja, si uno quiere buscarlas, es que contra lo que se puede imaginar gente ajena al barrio, las personas tienden a ser amables y al saludarte no escatiman uno que otro halago que muchas veces te mejoran el día antes de emprender cualquier largo camino a la capital, fuera de La Boca. Mi hija, por supuesto, con ese sarcasmo del adolescente en rebeldía con sus padres, se burla. El verdulero ahora es "el ciego" porque un día lo escuchó decirme cómo está, linda. No importa explicar que probablemente todas somos lindas para el verdulero y reyes para el carnicero. Mi rey, le dice el carnicero a Pablo. Yo también me río. Claudio, otro vecino, suele saludarme con un qué alegre se pone el día cuando la veo. Después de ese saludo puedo subirme con un poco de mejor ánimo al 168 para el periplo hasta el colegio de mi hija. Todo viaje desde acá resulta lejano, largo, tedioso, sobre todo después de un fin de semana que apenas salimos del jardín para hacer compras en el barrio. Estamos lejos no solo porque se cumple la idea de una república independiente de La Boca, también porque por los prejuicios que la envuelven nos ha resultado imposible tener teléfono o internet. Eso, sin embargo, nos obliga como a muchos otros vecinos pasar largas temporadas en el café y a conocernos de saludos porque, aquí, nadie escatima el saludo.
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