Estoy en una cabaña en Chascomús sola. Sola. Se ha convertido en una sensación extraña disfrutar la soledad, desde que no tengo la casa de Santiago para pasar temporadas, mucho más largas, así. Hoy, por supuesto, llegan Pablo y mi hija detrás. La idea de la cabaña fue de Pablo y ahora se lo agradezo porque, pienso, habría sido desolador pasar una noche en un hotel del centro de esta pequeña ciudad. En cambio acá, a quince cuadras del casco histórico, ya estoy en los suburbios, al aire libre, escuchando y viendo a las aves. Hay golondrinas, por ejemplo. El otro día vimos con mi hijo un aguilucho en La Boca y hasta he divisado algunos picaflores que ya llegaron. Uno se pregunta porque algunas aves se instalan justo en el borde de una ciudad inconmensurable si algunos kilómetros más allá, para cualquiera lado excepto para el río y el mar, tienen lugares muchos más ricos en vegetación y tranquilidad. Puede ser que a las aves no les afecte tanto el ruido, pero no dudo que un ambiente más boscos debe ser mejor. Tampoco soy bióloga, pero parece de sentido común.

Ayer disfruté muchos de algunas fotografías. La mayor parte de la gente que expone en el congreso son coleccionistas, grandes coleccionistas, que se dedican a buscar, rescatar y preservar fotografías del pasado, fotografías que en su mayor parte tienen que ver con la historia del país del alguna forma, así que me emocioné cuando vi una escena del riachuelo con el transbordador o unas tomas familiares de Josefina Oliver en un paseo a Isla Maciel, sobre todo, en este caso, por el contraste entre  el lugar idílico que era entonces con señoritas de la clase alta tomando el té en un picnic y la pobreza y los prejuicios en que ahora viven los de la isla que, eso sí, todavía cruzan el riachuelo en un bote. Es curioso, o no, que la forma en que abordan la historia responde a la misma lógica de la escena fotográfica, pequeñas anécdotas que se van sumando en sus detalles. Por ejemplo, un laborioso y exhaustivo trabajo por corregir los epígrafes de las fotos de algunas colecciones donde, hay puntos, en que llegan a una calle sin salida: he aquí una fotografía de una call de tierra con una suerte de capilla que, en sus diferentes copias, remite a diferentes lugares, a Pilar, a Belgrano, a Campana... Estos investigadores se han quebrado la cabeza, quemado los ojos y roto los pies tratando de encontrar el lugar y saber cuál es el referente real de la fotografía.

En este contexto lo mío parece fuera de lugar. Tuve que borrar una pila de citas y otros tanto párrafos que, me pareció, ya no venían a cuento. Supongo que el tema del fotolibro sigue siendo una curiosidad, pero está lejos de la perspectiva que, hasta ahora, he visto en el congreso. Pretende ser mucho más académico, si llegar a serlo lo suficiente para estar en la academia, y tiene que ver mucho más con el escritor que se pasa horas escribiendo en soledad, que con el trabajo de campo de una investigación que responde más y mejor a la metodología científica.

Sin embargo, aquí estoy. Curiosamente, pienso en La Boca, me emociono cuando veo fotografías de su pasado (entonces entiendo mejor el trabajo de estos investigadores) y hasta me surge el deseo imperioso de ver a La Boca en esas imágenes donde, quién sabe, puede que encuentre incluso mi casa, en su estado original y con la gente que primero la habitó.


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