El gato amarillo nos observa. Desde una altura considerable contra al fondo celeste de esta mañana en Buenos Aires, ya que no puede estar acá entre nosotros, el gato se acomoda mirando hacia nuestro jardín, el mío, el de los gatos, lo perros y los tres pececitos que sobrevivieron. Y yo lo vigilo desde mi ventana. No es que no lo quiera, pero él insiste en mearse en mi cuarto para marcarlo. Además altera muchísimo al perro que odia verlo pasearse por los muros entre las enredaderas, entonces ladra y corre, el perro, pasando a llevar y romper mis/las plantas. Ahora se lava pacientemente sobre el muro al sol. Llegó otro gato, uno blanco que lo miró desafiante y luego también se ha acicalado ese pelaje. Ahora son dos gatos, el amarillo y el blanco. Toman el sol de la mañana como yo disfruto del viento fresco que circula por entre las casas viejas y abandonadas y mi ventana. A ratos viene un pájaro a buscar restos en la compostera, aunque no distigo bien qué es lo que se lleva, palitos, pelos, lombrices. Apenas se escucha el rumor de la ciudad. Hoy no salí a mezclarme en el bullicio y la agitación. Me quedo el La Boca tranquila esperando seguir con los arreglos del jardín donde, pienso todo el tiempo en estos días, faltan flores para los colibríes, las abejas y las mariposas.
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