Estoy sentada en la ventana que da al vacío y al fondo del vacío está mi jardín. Acaba de llover y se escuchan los trinares de diferentes pájaros. El jardín canta. Habla un lenguaje que hay que aprender a descifrar. Decodificar se diría, como si todo fuera un código de signos extraños a la naturaleza, rayas raras sobre un papel que no representan nada más que sonidos. La prueba de la falacia de este código es que ahora mismo no puedo transcribir los trinos de los pájaros de mi jardín, no hay letras ni sílabas ni combinaciones de ellas que puedan transmitirlo. Si digo "suena como el chirrido suave de una puerta diminuta al fondo del patio entre los helechos que esconden su voz" no estoy reproduciendo el sonido, no estoy diciendo nada del trino de esos pajaritos pequeños y redondos como una madeja de lana gris que saltan y vuelan de rama en rama, de hoja en hoja, escondidos, quizás entre el follaje de la enamorada del muro que, con la tormenta del otro día, se desprendió del muro (¿se le acabó el amor?). El jardín lo puedo ver como una tela, una combinación de colores, texturas, movimientos, sonidos, como un libro vivo. Abrir la ventana sería como las tapas del libro, si el libro fuera solo eso, un montón de páginas cosidas entre dos tapas y un lomo. Quizás por eso se use la metáfora del libro que contiene un mundo adentro, con esta misma idea de que lo abro y, adentro, todo se hace vivo... como si fuera la vida. El jardín es la vida en una dimensión muy pequeña. Un mundo entero también. A veces parece que no fuera necesario salir porque todo lo necesario para vivir está acá adentro. Es poco lo que se necesita al final. Afuera... es el bullicio y la tristeza que a veces me encuentro mirando por la ventana del colectivo, afuera sí que es el vacío lleno de publicidades y gente absorta en sus dispositivos electrónicos y personas que duermen en la calle con sus perros que uno las esquiva como si fueran una basura más tirada porque ya estamos acostumbrados al verlos así en el pavimento duro de cualquier esquina inhóspita de Buenos Aires, objetos por los que no pudimos hacer nada, como ese gatito o ese perrito que quisimos recoger de niños y que tan bien nos enseñaron, y aprendimos la mayoría, que no podemos llevarlo a casa porque de ellos hay cientos y miles ¿y qué? ¿Nos vamos a llevar a los cientos y miles de animalitos abandonados? ¿Vamos a cambiar algo? Por suerte, hay algunas personas que no aprendieron bien la lección y saben que, aunque pasajero, hay pequeños actos que ayudan a sobrevivir. Esos son los valientes. Los demás estamos bien adiestrados en el egoísmo o las palabras con buenas intenciones. Nada más. Vuelve a llover y, en el jardín, uno olvida toda nuestra pobreza...

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