Yo tenía este sueño: vivir en Buenos Aires. También soñaba con vivir en Kanazawa, Nueva York, Estambul o Munich. Y sigo soñando con los peces. Tengo pesadillas acerca de ellos. El sueño recurrente de la casa de mi abuela se trocó por los sueños con mis peces. Sueño que se mueren, que se inunda el patio y los peces desbordan de la pileta para perderse en el agua sucia que corre por la calle. Entonces me vuelvo loca tratando de agarrarlos y meterlos en algún tiesto, cualquiera, un resto de botella plástica, por ejemplo, pero se me resbalan de las manos o se pierden entre el barro o los gatos o los perros los quieren agarrar con sus garras u hocicos. Todo el tiempo sufro pensando que les pasará algo y se morirán. Y sí, se mueren por diversas razones. Y yo lloro. Y Pablo trata de consolarme. De los ocho pececitos que compré hace cuatro años, cuando vivíamos en la casa de la calle Thames, solo queda uno. Este fin de verano hubo otra tragedia en mi estanque. Traje unos peces nuevos porque los míos, quizás por el cambio y las nuevas condiciones ambientales de esta casa, no se reprodujeron. Uno a uno, cada dos días, mis peces se fueron muriendo. Y cada dos días yo lloraba y me desesperaba. Y cada dos días Pablo no sabía cómo enfrentar la situación. Finalmente, salvamos a Ponyo y Pablo me regaló cuatro peces más que mantuvimos en cuarentena por varios días en la otra pileta de plástico.

Sigo soñando que se me mueren y me despierto pensando cuál será el mejor lugar para instalar la pileta, un lugar más parecido al jardín de Thames, tratando de dilucidar si será la falta de vegetación a su alrededor, el exceso de sol o qué, porque acá, al contrario del jardín de Villa Crespo, no había nada cuando llegamos, solo un montón de metros cuadrados embaldosados de punta a punta con un triste aguaribay que trataba de sobrevivir en el medio de la nada y algunos cactus de la colección del anterior dueño, que los padres del difunto Sergio se encargaron de llevar antes de entregar la casa, suponemos que más que por el valor sentimental de los cactus, por el valor de los canteros de arcilla. Así que la pileta también quedó instalada en medio de la nada, sin plantas alrededor y casi sin plantas adentro porque se fueron muriendo o reduciendo tanto que era lo mismo que no estuvieran y los peces no tenían dónde refugiarse del calor, del frío o de los martines pescadores que, cada tanto, visitan el jardín.

Creo que eso, que mis pececitos no se reprodujeran y que, peor aún, se murieran, entre otras cosas, han hecho que me cueste tanto acomodarme en la casa de La Boca y que Pablo y yo sigamos teniendo la ilusión  de que todo fue mejor en la casa de la calle Thames.

Comentarios

Entradas populares