El curandero

La tarde que iba a la feria del fotolibro en Chacarita, pasé pormun kiosco de flores que vendía calas blancas. Me detuve unos segundos evaluando si comprar la planta, la imaginé bordeando la pileta de los peces (aunque una planta difícilmente podrá bordear nada), lo bueno que sería, lo lindo que se vería el blanco sobre el verde del jardín. Después, en esos segundos, deseché la posibilidad por esos asuntos prácticos como el lugar donde la dejaría mientras tanto en galería, en el cuidado y la molestia de trasladarla a pie, en subte, en colectivo hasta La Boca. No la compré mientras lamentaba inútilmente la flaqueza de mis decisiones y de mi lucha.

Pasaron varias semanas y no volví a ver calas en las florerías y tampoco me animé a volver a Chacarita solo por una planta. Pero hoy, volviendo de hacer un reclamo en el microcentro, vi una cala en un kiosco en Parque Lezama. Me bajé del colectivo y atravesé corriendo la avenida como si en esos pocos segundos pudiera aparecer el competidor que se llevaría mi flor, aunque a esa hora no habia mucho movimiento en las calles. Compré la planta sin regatear ni un centavo y me volví a casa en colectivo por no caminar con la planta y lastimarla.

Al bajar en el paradero, un hombre de me dio el paso. "Por la flor", me comentó. Me iba a largar porque me apuraba plantar la cala pronto y me había acordado que el agua de la pileta estaba corriendo, pero el hombre me detuvo. "Soy curandero", me dijo agarrándome del brazo delicada pero determinadamente. Entonces le miré el rostro cuadrado, la piel oscura como si fuera de los Andes, el abundante y firme cabello blanco y tres dientes que no dejaron de distraerme toda la conversación. Entonces me acordé. Hace unos tres meses, mientras esperaba el colectivo en la avenida, él estaba delante mío conversando con una chilena. Me llamó la atención, primero, porque me llegó la tonada de ella y, segundo, porque me costaba determinar el tono de la relación, por momentos me parecía de amantes, por otros de abuelo y nieta, por otros de huésped que aloja al extranjero. Amantes era la relación que más me costaba imaginar por la diferencia de edad y, aparentemente, también social. Llegué a la conclusión mas cómoda: que él la,había alojado con su familia alfunos días,mque ella estaba muy agradecida y que, más alla de lo que ella sintiera, el viejo se podría haber "enamorado" de la joven. La despidió en el colectivo y le deseó buen viaje. Ella, por su parte, se subió y se fue charlando con el chofer todo el camino que la pude seguir.

Ahora el viejo me estaba tomando la mano, escudriñando mi mano: sos una persona nerviosa y no eres feliz, tuviste una infancia desgraciada. Me sentí incómoda y le contesté que todos, a su modo, tenemos momentos de infelicidad en la vida. Insistió que ahora estaba muy triste y que añoraba viajar. No me gustaba nada que me leyera, por decirlo así. La verdad es que he estado triste o, más bien, frustrada y que hace meses espero el momento de escapar de casa, aunque irme a Santiago de Chile a la casa de mi madre no se puede llamar un escape en rigor. Escapar de casa, escapar del barrio, aunque no se pueda escapar.

Y, pensé, cómo no voy a estar triste. El otro día, caminando por mi calle, un par de hombres pasaron al lado del Land Rover viejo y le vieron la placa patente chilena. Entonces, el más gordo le comentó al otro, justo cuando pasaba a mi lado, que habría matar a todos los chilenos. No me enojo porque sé que es lo mismo acá que allá que en otros países y porque he vuelto a perder la confianza en el ser humano, así en general. Al otro día, cuando apareció la ventana del auto rota, el tablero modificado y la batería muerta, no me sorprendió. Si no fue el gordo que odia a los chilenos, pudo ser cualquier otro que identifica al auto con un grupo de seres humanos nacidos en Chile (podría ser Colombia, Bolivia, cualquiera, incluso alguien de otro barrio).

Hoy, además, uno de los árboles que planté en la vereda estaba roto de cuajo. Suelo pedirle a Pablo que estacione el Land Rover delante del arbolito para protegerlo de eventuales daños, pero eso no impidió que alguien lo rompiera de esa manera. Saqué de casa una bolsa plástica, la hice tiras y traté de recomponer el árbol. De pronto tuve la sensación de parecer una loca arrodillada junto a su árbol, ausente de lo que pasaba alrededor. Me dio mucha impotencia y pena y rabia y lloraba mientras curaba al ficus de la calle.

¿Cómo no iba a estar triste? Todos los pequeños gestos de una minúscula lucha que uno da a diario me por mejorar zonas tan pequeñas de la existencia son destruidos con esos actos de violencia. No le dije nada al curandero mientras me seguía toqueteando las manos, la cabeza, la boca del estómago. "Eres linda, pero tienes una tristeza incrustada en el alma... ¿Por qué no te arreglas más?" Me dijo observando la falta de maquillaje y accesorios en mi rostro. "Si soy linda ¿por qué habría de arreglarme con otras cosas?".

Al rato me despedí del curandero prometiéndole que a mi regreso lo llamaría y lo encontraría en Caminito, al borde del Riachuelo. En casa, planté las calas junto a la pileta esperando que sobrevivan mientras esté ausente estas dos semanas en Santiago.

















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