La luz del sol se descompone en los cristales de algunas lágrimas, aquellas de las antiguas lámparas de la casa de mi abuela, los restos que mi madre ha colgado en la ventana de su departamento, donde estoy ahora, estos días en Santiago de Chile. Me acompañan en estos momentos los peces y el canario que, recién, se ha vuelto loco cantando con la maldita primavera. Y es que aproveché de hacer como antes, en el pasado, cuando mi vida transcurría en esta ciudad: escuchar la radio universidad de Chile. El mismo programa. Creo incluso que las mismas voces. Y seis años de distancia.

Desde nuestro arribo al aeropuerto comenzamos a vivir el entorno dieciochero, las fiestas patrias, que no es una semana sino un mes entero, las cuecas, valses, resbalosas, los adornos tricolores, los volantines, los escenarios que representan episodios del campo, pajares, animales, comidas. En fin. Al menos yo no puedo abstraerme. No sé cómo lo vive Paz, que tan poco tiempo ha vivido acá. Parecía pasar por encima de todo, pero quizás era la fiebre de su gripe o la impaciencia de llegar donde su padre.

Y todo lo que era parte del hábito y la costumbre, de pronto lo veo desde afuera, como si fuera la primera vez o como si me poseyera una nostalgia que tiende al olvido. Ayer fuimos al Barrio Yungay, casi mi antiguo barrio, a la placita donde llevaba a Fernando a jugar hace tanto tiempo y donde está el monumento al roto chileno, expresión que nunca he sabido explicarle a los extranjeros. Había feria, comidas, música, gente dando vueltas, algunas bailando, otras tomando cerveza. Estaba limpio. No pude dejar de observarlo. Hace unos días fue la fiesta de La Boca, alegre, quizás más alegre, sí, pero tan sucia que en la tarde huí deprimida por los microbasurales que se iban formando. Sí. Es algo que a los de afuera les impresiona de Buenos Aires, una ciudad tan sucia, casi sin importar mucho el barrio. Claro que me parece que en La Boca, en algunos sectores, la cosa empeora, en las esquinas, cerca de las casas desocupadas y de los conventillos sobrepoblados se acumulan cerros de basura, bolsas, comida, pañales que los perros despedazan. El día de la fiesta la gente tiraba al suelo los recipientes de plástico donde regalaban comida, paella y rabas, y tantos otros desechos. Pero en Palermo me pasaba que no se podía caminar sin tropezarse con soretes de perros o encontrarse con tachos que desbordaban la basura que generan los incontables restoranes de moda que allí se instalan. Son hábitos que parecen contradecirse, Buenos Aires una ciudad grandiosa donde abundan la librerías y, aunque algunos de sus habitantes piensen lo contrario, donde la gente lee mucho más, donde se accede con más facilidad a muchas expresiones de la cultura (con esto quiero decir lectura, teatro, música... librerías) ¿por qué sus habitantes, sin importar mucho la clase social, bota la basura por cualquier lado, la tira por la ventanilla del auto o del colectivo para la calle, deja la bolsa de los residuos domésticos en cualquier esquina o árbol? La hipótesis de una porteña es que la ciudad está demasiado habitada por migrantes y que, así, pocas personas sienten la ciudad como propia y la cuidan. Yo tengo otras hipótesis, cuando me queda el ánimo de pensar en el problema y no me deprimo.

Así que, acá, la Plaza Yungay con fiesta estaba limpia, pero uno no puede dejar de pensar en la dictadura, no sé por qué. No se trata de que por esa razón la ciudad esté más limpia. A veces pienso en la disciplina que se ha impuesto o, quizás, en el sentido de un bien común. No me quiero engañar. Es probable que el próximo fin de semana, en plena fiesta patriótica, las calles estén no sólo sucias, sino también llena de borrachos desparramados por las calles. Como sea, creo que a lo que quería llegar es que, a pesar de una fiesta limpia, no puedo sentirme feliz porque siempre algo me hace recordar la dictadura. Tampoco es casual. Ayer en la Plaza había un pasacalles recordando el asesinato de Víctor Jara y las canciones de las bandas no eran precisamente para alegrarse, trovadores con esa voz aguda llorando alguna desgracia, cualquiera, cualquiera. El día, eso sí, como había llovido anteayer, estaba lindo, despejado, se veía al fondo la cordillera, esa misma cordillera que a veces imagino en las nubes de Buenos Aires.

Hubiese querido hacer algunas fotos, pero no tengo cámara. La pequeña digital ya no funciona y las analógicas no las traje. Pensé en la urgencia que tienen las imágenes por mostrarse porque, en realidad, hubiese querido algunas fotografías para agregar a esta entrada y, así, tampoco me hubiese servido la cámara analógica. No se puede esperar. Es curioso, entonces, que al querer hacer fotografías, porque si uno quiere sacar una foto es porque siente que las palabras no son suficientes quizás, tenga que tratar de retener esas imágenes en la memoria que, ya sabemos, es tan frágil y se pulverizan al instante.

Tengo varios días por delante. Tenía bastantes expectativas para este viaje, pero de pronto me siento fatigada de algo y preferiría ni salir, quedarme tranquila, sola, escribiendo, avanzando con mi tesis, ahora que no tengo que hacer aseo, alimentar y acariciar animales, cuidar el jardín, llevar a Paz  al colegio, desayunar con Fernando, ir a buscar a Paz, hacer almuerzo, pelear y tomar cerveza con Pablo... La verdad quizás en estos momentos quisiera estar sola en mi jardín de La Boca.

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