Las calles de Santiago se empiezan a vaciar. Algunos locales permanecen abiertos. Bajo la llovizna fría se siente la ciudad apaciguar. Las fiestas empiezan. Las fiestas. Yo no me siento bien en la ciudad. O no me siento bien con las fiestas patrias. O no me siento bien porque estoy lejos de mi jardín y mis animales.
Anoche soñé que participábamos de un choque en cadena en la ruta con el Land Rover. Rex se nos escapaba y se nos perdía en la costa. Yo buscaba desesperada a mi perro. Bajaba por una callecita arbolada y cubierta de arenilla hacia la caleta de pescadores. Suponía que Rex, que le gusta tanto el agua, estaría en la playa. A los pescadores les preguntaba por mi perro, un perro grande, tipo ovejero alemán, pero más grande y con las orejas caídas. Lo habían visto. No se preocupe, me decían, el perro se las puede arreglar. Yo lo buscaba bordeando la orilla del mar mientras se hacía de noche. Estaba oscuro pero las estrellas se reflejaban en al agua. Lo llamaba. Otros perros aparecían. Tenía miedo porque Rex es bravo con los otros perros. De pronto lo encontré. Estaba lastimado en el lomo. Lo abrazaba, lo abrazaba a mi perrito, él se recogía conmigo y gemía. Seguí abrazando su cuerpo peludo, denso, caliente hasta que me desperté en el departamento de mi madre en Santiago.
Sentí, al despertar en este cuarto extraño, aunque lo conozco, que ya no tenía casa. Apenas tengo una propiedad en La Boca, pero lo que se llama casa, lo que se dice hogar... Mi jardín y mis animales.
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